Unas becas que hacen posible otro futuro

“Yo intenté el ingreso en ocho universidades públicas, pero no logré entrar a ninguna por la nota y por los cupos para indígenas”, explica Ronald Toboches, de 20 años. “A mí me pasó que cuando llegué al instituto me bajaron de curso porque en las escuelas de los resguardos indígenas el nivel escolar es más bajo y yo no hablaba bien el español, sólo hablaba nasa yuwe”, completa el relato Yerson Penagos, procedente de Jambaló, donde el porcentaje de población indígena es de un 80% y se cuida mucho la cultura nasa. Al igual que ellos dos, los jóvenes indígenas que deciden estudiar formación superior se encuentran con los mismos obstáculos: nivel académico, recursos económicos y problemas de integración.

Pueblos-indígenas-300x175Por un lado, tiene que convencer a su comunidad que lo mejor para ellos y para su pueblo es estudiar medicina, derecho o cualquier otra carrera. Deben pertenecer a consejos inclusivos, que apuesten por una educación mixta: conocimientos occidentales para resaltar los propios y aumentar su sabiduría ancestral. Luego llega la decisión personal. Los indígenas del pueblo nasa -uno de los más numerosos en el departamento colombiano de Cali- consideran que a los 12 años se es mayor de edad, por lo que la muchacha o muchacho deben decidir si quieren estudiar o dedicarse a la comunidad. Esto pasa por valorar las capacidades de cada uno y las oportunidades que tiene. De ahí que, como pasó con Ronald, Yerson y otros cuatro estudiantes, fue vital encontrar la forma de realizar sus sueños.

“Gracias al resguardo indígena –comenta Ronald-  nos enteramos que la Universidad Javeriana de Cali ofrecía unas becas que cubrían el 100% de la matrícula”. “Pero esto no era suficiente, ya que mi comunidad no podía asumir el coste de alojarme en la ciudad, comer, transportarme, libros, etc” añade David Santiago, que pese a tener unas notas inmejorables se topó con un gran obstáculo por llegar a ser médico. “Siempre quise cuidar de las personas. Fui profesor, cultivo plantas desde pequeño y aprendo de mi abuela que es partera”. Por eso, el Centro de Estudios Interculturales y el Comité de la Universidad Inclusiva decidieron eliminar ese obstáculo para los estudiantes que lo necesitaran.

Apoyo de manutención

IMG_0062Ese apoyo lo encontraron en la Fundación Internacional Baltasar Garzón que se involucró y comprometió con la educación de indígenas y afrodescendientes creando unas becas de manutención. Una ayuda que han estado recibiendo durante este curso Ronald, Santiago, Yerson y tres estudiantes, que han vivido su ingreso en la universidad de una forma parecida. “Sentí que no era una universidad para mí. Los demás estudiantes salían a celebrar los parciales al cine y yo no me lo podía permitir. Antes de la beca de FIBGAR ni si quiera sabía si me iba a alcanzar la plata para el almuerzo”, recuerda Yerson, el más avanzado de los estudiantes becados y el primero que tuvo que sufrir por el hecho de ser diferente. “Me decían que por qué no venía en taparrabos, que  para qué iba en bus si a los indígenas lo que nos gusta es caminar durante horas”. “Hay gente que nada más verte tiene una opinión, pero debes tener claro que si ello te ven inferior es un problema suyo, no tuyo”, afirma categóricamente Ronald mirando a su compañero.

Más problemas han sufrido otros dos de los estudiantes becados por la Universidad Javeriana y FIBGAR. Se trata de Jane, estudiante de derecho de 21 años, y Nora Beatriz. Jane es el único estudiante hasta el momento en las becas afrodescendiente y detrás de él resuena el conflicto armado. “Mi madre era defensora de Derechos Humanos en nuestra localidad, algo que hizo que se enfrentara a muchas personas con mucho poder. Con el conflicto, llegaron las amenazas y mi mamá decidió mudarse a la ciudad”. Después de esa experiencia, Jane tuvo muy claro que lo mejor para ayudar en la causa que su madre había empezado era estudiar derecho.

Por su parte, la profesora que coordina el programa de integración, la doctora Claudia Mora, destaca el caso de la única mujer hasta el momento que disfruta de esta oportunidad. “Su caso es muy especial, ya que empezó psicología y después se casó y tuvo un bebé. Tanto ella, como su familia y su esposo tuvieron claro que debía acabar los estudios. Pero decidieron que no viviera en Cali, lo que ha obligado a Nora a viajar todos los días. Un triple esfuerzo”. Afortunadamente, Nora Beatriz siguió adelante y está a punto de acabar los estudios y empezar las prácticas en el tejido educativo de su comunidad.

Un ejemplo de tenacidad, pero actualmente son muchas las chicas que por temores de sus padres no llegan a empezar los estudios superiores. “Lo primero que preguntan no es sobre el programa, sino dónde viviría su hija, si tendría que irse de casa. Esto no pasa con los chicos”, comenta Claudia, para quien una residencia de estudiantes o una delegación universitaria más cerca de sus comunidades podría solventar ese obstáculo de género.

El retorno

Sorprende ver que después de que los estudiantes hablen de viajar a México para implementar sus conocimientos en plantas medicinales, querer visitar Australia para aprender inglés, o viajar a EEUU para conocer otros sistemas de salud, siempre terminan con una idea: volver a sus comunidades. Más allá de la necesidad de está con sus familias, existe un compromiso de lealtad con la comunidad. “Yo quise estudiar medicina –interviene Yerson- porque en la vereda donde vivía había que ir muy lejos si te encontrabas enfermo, e incluso había pueblos a los que ningún médico quería llegar”. “En mi comunidad – toma el relevo Santiago- hay muchas reticencias a que un médico occidental les imponga un tratamiento y si conocen al médico, seguro que su salud mejora”. “A pesar de que hay comadronas y parteras en los resguardos, quiero incentivar a las mujeres a controlar su embarazo. Así habrá menos niños que sufran”, concluye Ronald.

Un compromiso que los jóvenes alcanzan en su partida. Lo explica el Consejero Mayor del CRIC, Jesús Chávez: “Ellos piden el respaldo de su comunidad y su comunidad hace todo lo posible para que puedan realizar sus estudios. La única condición, es que cuando sean profesional, ese esfuerzo colectivo reinvierta de nuevo en el bien común”.

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